miércoles, 18 de enero de 2012

Cristal.

Como una estrella que envía señales de auxilio mientras agoniza, el cristal reflejaba los rayos del sol. Cada nuevo movimiento, cada ángulo, provocaba que el espectro solar se dividiera algunas veces y otras enviara, en clave morse, señales de luz. La mirada vagaba de un destello al otro y también se empeñaba en crear su propia semántica; el sol, que brillaba en el cenit, no daba tregua y pesadas gotas de sudor confundidas entre un líquido igualmente salado pero de naturaleza menos tóxica emulaban diamantes.
Del mismo modo que la pupila alcanzaba distinguir el espectro de colores dividirse y volver a formar una especie de rayo blanco (más bien plateado, como el reflejo de la luna en el agua; un reflejo finalmente) el zumbido nunca captado y ensordecedor brindaba una gruesa nata de vibraciones que retumbaban en el tímpano y, de cada cristal y gota, surgía un suave pero abrumador sonido como de abejas cantando al mismo tiempo. El sonido se fundía armónicamente con la gama cromática de suerte tal que el suave y verde ronroneo de lo que bien pudo ser el mar iba mutando en un crujir de llamas anaranjadas y en la turbulenta violencia de un rojo ensordecedor y brillante que iba transformando los insignificantes cristales en rubíes, tesoro de la vida.
Todo ocurría como si la vida misma se dilatara a tal extremo que los seres inanimados revelaban su vigorosa naturaleza. Resultaba irónico, aunque nadie lo pudiera apreciar, como todo al rededor cobraba vida mientras en aquellas pupilas, los rayos de luz se escapaban para fundir la densidad del negro con la bruma de la muerte.

martes, 10 de enero de 2012

Saltitos de nube...

Un día un conejito muy blanco y saltarín brincaba en la orilla del río. Su mamá, muy preocupada por el peligro de que pudiera ahogarse lo invitó a alejarse de la orilla. El pequeño no comprendía por qué debía alejarse: amaba el sonido del agua al chapotear, los destellos que se producían al descomponerse los rayos de sol en las gotas y más amaba confundir su suave pelaje con las nubes reflejadas en la reluciente piel del líquido.
Cuando, cansado de tanto jugar, el gazapo iba a casa a relajarse y comer la deliciosa ensalada de trébol fresco que Mamá Coneja le preparaba, solía mirar por el agujero de su madriguera y permanecía largo rato viendo pasar las nubes como correteándose. Los días de lluvia dejaba que algunas gotas audaces que alcanzaban a colarse hasta el túnel principal salpicaran su piel y se imaginaba enormes conejos grises saltando en enormes charcos sobre las nubes.
Una noche, después de una tormenta, el conejo salió a retozar en los charcos de lluvia y corretear las sombras que se proyectaban veloces bajo la luz de la luna. Mientras corría, alcanzaba a distinguir el verde profundo del bosque, las gruesas sombras de los árboles y arbustos, el esmeralda de algunas hojas a trasluz y los charcos de plata deslumbrante en el suelo. Sin detenerse y sin poder evitarlo, saltó con gran fuerza sobre un charco esperando escuchar el chapoteo del agua y ver gotas platinadas a su alrededor. Cerró los ojos preparándose para sentir el agua en su rostro... Pero no ocurrió nada; ni "splash", ni agua fresca en su rostro: nada.
Cuando abrió sus ojos azabache descubrió, para su enorme sorpresa, que el negro bosque había desaparecido y en su lugar un gris claro lo rodeaba totalmente; el pasto mojado había sido sustituido por una cálida humedad y todo parecía suave y liviano. Al dar algunos pasos comenzó a escuchar el toque de tambores y un estruendo como de platillos o de agua rompiendo... corrió asustado, pero muy pronto el ruido ensordecedor lo alcanzó "AAAAaaa..." quiso gritar pero no alcanzó a escuchar su propia voz: un grupo de enormes conejos grises, negros y pardos efectuaban una especie de danza o juego en el que un algunos cuantos tocaban enormes tambores y platillos que refulgían con la luz de la luna y del sol lanzando como chorros de luz que se precipitaban con violencia hacia el profundo abismo; mientras tanto, otros conejos aún más grandes y corpulentos saltaban enérgicamente hacia los lados, hacia adelante y atrás o en su lugar y, con cada salto, una enorme masa de agua se levantaba en enormes olas que chocaban entre sí con tal fuerza que producían finos diamantes de todas tonalidades. El conejo estaba maravillado ante tal espectáculo y sentía su diminuto latido crecer con cada nuevo golpe de tambores, su cuerpo, cada pelo y cada bigote, parecíale que crecía hasta alcanzar las estrellas. La danza lo envolvió en una especie de remolino que cada vez lo hacía sentir más feliz pero también asustado y, de pronto, todo paró.
La voz de su madre llamando entre los sonidos más bajos de los tambores lo hizo preguntarse en dónde se encontraba. Buscaba y buscaba la figura de su mamá que lo llamaba como a través de la tierra. Al acercarse a escuchar el sonido de la voz a través de la tierra, las nubes se abrieron ligeramente y logró divisar abajo, muy abajo, el bosque e incluso la suave tierra removida que abría camino hacia su madriguera. El conejito se vio tan lejos de todo que unas gotitas tibias escaparon de sus ojos; rodaron sin hacer ruido alguno. A esas solitarias gotas las siguieron muchas más pero ninguna emergió de los ojos del conejo. Todas las lágrimas que surgían del conejito lo hacían por cada poro de su cuerpo y él, en vez de sentirse mal o preocupado o asustado sintió alivio y mucha tranquilidad. Vio la luna y las estrellas, las nubes correteando y sintió la hierba húmeda bajo sus patas: un impulso de alegría recorrió su cuerpo y corrió alegremente a casa.