
Blanca, con suavidad que casi te ciega, deslumbrante bajo los rayos del sol y gris como fantasma en la penumbra, está la nube. Ligera, a pesar de ser pachoncita, sus cojines se van desgajando en cada paso. En cada caricia, el viento se lleva una parte de ella, como esas plantas que lanzan al viento sus semillas (diminutas sombrillas arrebatadas a diminutas damas que detiene sus largos vestidos y sus gorros de paseo). En las esquinas del cielo, en cada columna y en cada saliente, la nube frota su cuerpo como para decir “aquí estuve”; a veces se deja caer sin gracia y se torna pesada, mal humorada y cargada de truenos, retumba su voz por las esquinas y chispas centelleantes lanzan sus felinos ojos. Si encuentra otra nube a lo largo del cielo y ésta también carga su furia, sus bigotes crispados se vuelven agudas lanzas que parecen penetrar la tierra y penetrarse a sí mismas; las nubes son territoriales y se defienden con estruendo aunque esto signifique que, a veces, deban desgajarse y huir en torrentes verticales. Entonces la nube reposa, se aquieta un momento y en ligeros suspiritos y ronroneos vuelve a elevarse; duerme horas, días, hay partes de ella que siempre duermen o entrecierran los ojos con profunda pereza para que el hombre que la mire, abajo, muy abajo, no olvide que existe un cielo de ensoñaciones antiguas y de futuros inimaginables.
Isanami.

