miércoles, 30 de noviembre de 2011

Retrato de nube.


Blanca, con suavidad que casi te ciega, deslumbrante bajo los rayos del sol y gris como fantasma en la penumbra, está la nube. Ligera, a pesar de ser pachoncita, sus cojines se van desgajando en cada paso. En cada caricia, el viento se lleva una parte de ella, como esas plantas que lanzan al viento sus semillas (diminutas sombrillas arrebatadas a diminutas damas que detiene sus largos vestidos y sus gorros de paseo). En las esquinas del cielo, en cada columna y en cada saliente, la nube frota su cuerpo como para decir “aquí estuve”; a veces se deja caer sin gracia y se torna pesada, mal humorada y cargada de truenos, retumba su voz por las esquinas y chispas centelleantes lanzan sus felinos ojos. Si encuentra otra nube a lo largo del cielo y ésta también carga su furia, sus bigotes crispados se vuelven agudas lanzas que parecen penetrar la tierra y penetrarse a sí mismas; las nubes son territoriales y se defienden con estruendo aunque esto signifique que, a veces, deban desgajarse y huir en torrentes verticales. Entonces la nube reposa, se aquieta un momento y en ligeros suspiritos y ronroneos vuelve a elevarse; duerme horas, días, hay partes de ella que siempre duermen o entrecierran los ojos con profunda pereza para que el hombre que la mire, abajo, muy abajo, no olvide que existe un cielo de ensoñaciones antiguas y de futuros inimaginables.

Isanami.

martes, 29 de noviembre de 2011

Deseo


Y te veo frente a mí desnuda, y me deleitas. Tu boca mana tibieza y me deleita. Tu figura forjada inconmensurable entre tus rígidas piernas y tu flexible vientre me rodea cual serpiente constrictora absorbiendo amenazante mi aliento. Tu erótica piel erizada y morena, es tibia como baño de té caliente. ¡No deseo que te vayas!, hipnotizado cual liebrecilla me dirijo a tus fauces y espero me devores. Y mi rígido corazón cede lentamente ante tu estoica figura corporal. Cada vez te necesito más. Seré tuyo sin enterarme de mi abandono.

Carta para...


A quién corresponda:

¿Alguna vez has pensado en probar la muerte? Yo no lo había meditado… hasta ahora. Si bien es cierto que todos debemos morir algún día, pero hasta el momento en que nos llegue la muerte; no más, no menos.
Existen esas fantasiosas historias que no sé de donde provengan ni quién las invente, sin embargo, aseguran, han sucedido. Aquellos que han dicho haber vuelto de la muerte son, en mi punto de vista, puras falacias. Aunque nadie puede asegurar que su “alma” no haya dejado su cuerpo. El pormenor no es quién lo dijo ni donde se empezó a difundir, sino... ¿Qué sentirá él que toque el frio abrazo de la expiración vital? ¿qué pasará después de sonreírle a la muerte? Lo he pensado últimamente, cada noche cuando me acuesto en mi cama, momentos antes de sucumbir al sueño profundo de cada día. Muchas dudas, ciertamente, son las que caben en este tema.
Solo espero poder aseverarles la situación cuando termine de escribir esta carta. Que, si a bien decir, no aseguró mi regreso, que en verdad ansío con gran esmero poder quitarme esas inconsistencias de mi mente, y las de algunos de los lectores que encuentren esta hoja...


MPM.