Del mismo modo que la pupila alcanzaba distinguir el espectro de colores dividirse y volver a formar una especie de rayo blanco (más bien plateado, como el reflejo de la luna en el agua; un reflejo finalmente) el zumbido nunca captado y ensordecedor brindaba una gruesa nata de vibraciones que retumbaban en el tímpano y, de cada cristal y gota, surgía un suave pero abrumador sonido como de abejas cantando al mismo tiempo. El sonido se fundía armónicamente con la gama cromática de suerte tal que el suave y verde ronroneo de lo que bien pudo ser el mar iba mutando en un crujir de llamas anaranjadas y en la turbulenta violencia de un rojo ensordecedor y brillante que iba transformando los insignificantes cristales en rubíes, tesoro de la vida.
Todo ocurría como si la vida misma se dilatara a tal extremo que los seres inanimados revelaban su vigorosa naturaleza. Resultaba irónico, aunque nadie lo pudiera apreciar, como todo al rededor cobraba vida mientras en aquellas pupilas, los rayos de luz se escapaban para fundir la densidad del negro con la bruma de la muerte.
me gusta mucho eres buenisima
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