
Al abrir las puertas en seguida vi esa informe mota de polvo. Café oscuro, o negro, no lo se era una mota de polvo que nadie veía. Pero estaba en medio de ese corredor transitado. La gente pasaba sin vela. Pero nadie la pisaba. Pasaban demasiado cerca o demasiado lejos, pero nadie la pisaba. El echo no tendría significancia alguna. Pero entonces pasó. La pequeña mota se movió, bailo juguetona, temerosa. La pequeña mota no era un ente inanimado. Insecto, quizá, pero estaba ahí y daba muestras de vida. Y la gente pasaba sin verla, demasiado cerca o demasiado lejos. De suerte nadie la pisaba, nadie la pateaba. Pero de suerte no era intencional pero vivía.
¿No seremos quizá todos motas de polvo? Unas veces inertes, otras juguetonas, pero vivas. ¿No pasará la gente sin vernos? Unas veces demasiado cerca y oras demasiado lejos, quizá, con algo de suerte sin pisarnos, sin patearnos. Quizá un día no tengamos tanta suerte. Pero mientras tanto escribiré y denunciaré, que hay que mirar a todas las motas de polvo sean animadas o inanimadas.
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