Entre un bache y otro, la voz de Don Horacio se cortaba más por el camino que por la edad. El sol daba de lleno en aquella lata sardinera pero él, acostumbrado al sol de la costa y ahora resignado a la fría soledad de una casa casi vacía, sentía la caricia del astro rey como un suave recuerdo que apenas conforta el alma.
Las suaves bolsas bajo sus ojos guiaban cortas miradas de un lado a otro mientras contaba un viejo y repetitivo sueño a su nieta que lo llevaba a comprar un pantalón nuevo. Sentado junto a él, un joven contador lo mismo mandaba mensajes de texto que lanzaba una que otra pregunta o exclamación paraqué pareciera que ponía alguna atención al abuelo de su prometida.
- Estaba enojada; parada junto a Irma. Casi siempre está junto a ella o junto a Sara… pero más con Irma.
- Ajá… con Irma. Qué raro.
- En todo el tiempo no me habla pero yo vi que estaba enojada. Me pregunto por qué estaba tan enojada.
Don Horacio hizo una breve pausa, el reflejo de un rayo de sol en le vidrio de un coche y quizá recordó el brillo del mar al ponerse el sol, cuando la sal y la plata comparten el mismo espacio y la misma naturaleza helada.
- Nunca me dice nada; desde que la sueño no me dice nada.
- Qué raro abuelo ¿y estaba con Irma?
- Sí, estaba parada junto a Irma, no era Sara, era Irma. Estaba vestida con la ropa que se llevó: una blusita verde y un pantalón rojo, era una nena, parecía una fresita.
- Ah…
- Tu abuela llevaba puesto su vestido, no con el que se le fue. Llevaba un vestido blanco, el vestido con el que te entregamos en tu boda.
- Ah, sí, me acuerdo.- Y volvió a tomar su teléfono negro, como un cajita en la que iba depositando deseos, viajes y ensoñaciones muy distantes del mar y de los recuerdos de un viejo que se aferraba lo mismo al tubo de un microbús que al de la vida y que sorteaba cada bache y cada tope como alguna vez lo hizo con las olas que rompían en su espalda.
Una gota salada, que pudo ser de sudor o de ensoñaciones perdidas, surcó la mejilla de don Horacio quien poco a poco se fue sumiendo en el vaivén del viaje y del sol, repitiendo para sí mismo con mucha suavidad y con el blando peso de la ternura:
- Y el chal, el chal negro que se llevó cuando la enterramos.
Una ligera brisa, producto de la aceleración del transporte, llegó hasta la cansada piel del anciano, quien, con un gesto suave pero impregnado de melancolía, acarició el dorso de su mano izquierda con la derecha y aceptó un rayo más de sol como si aquél chal lo cobijara con cariño.
Diantre que no me dí cuenta de las cosas raras que aparecen!!! bueno, espero que nos los distraigan del asunto... disculpen :s
ResponderEliminar